sábado, 11 de junio de 2016

BSO Frozen

Una de las cosas más valiosas que creo que he aprendido este año es lo mucho que puedes enriquecerte con cosas que a simple vista no tienen ningún valor o dificultad. Cuando empecé en el mundo de la música yo quería ser el mejor tocando y ganar a todo el mundo, cosa de la que no era consciente hasta ahora. Desde un punto de vista está bien, porque nunca está de más ponernos límites y exigirnos desde tan pequeños. Mucha gente se sentirá identificada con esto que estoy escribiendo porque cuando somos pequeños no tenemos madurez para saber lo que la música en sí significa. Pero este año he aprendido que un niño que ha empezado a tocar ese mismo año puede ayudar a construirte, puede transmitirte vitalidad e ilusión al igual que lo puede hacer un compositor. La música no es competir y a ver quién llega antes a la meta, la música es personal, la música es la dedicación y el trabajo de uno mismo, lo que te sale de dentro. He aprendido que puedes ser buenísimo tocando tu instrumento pero si no entiendes esto en algún punto de tu carrera musical no vas a disfrutar la música nunca. La razón por la que escribo esto es, porque para que algo te haga sentir bien no tiene porque ser una sinfonía de Beethoven o una Sonata de Mozart, pues todo ha de ser disfrutado y escuchado. La orquesta sinfónica de enseñanzas profesionales del conservatorio puso todo su empeño en preparar esta obra, y, como he dicho, aunque sea Frozen, todo nos enriquece y todo es objeto de disfrute, tanto para los intérpretes como para los que escuchan. La música te da mucha gente, pero es cosa de uno, y cuando verdaderamente la entiendes, entiendes esto, no hay mejor sensación.








Realizado por Alfredo Díaz-Plaza Rubio, alumno de 1º de Bachillerato del IES Isabel Perillán y Quirós.

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